Ordenar ideas

El año pasado fui invitado por la Fundación La Cueva a Montelíbano (Córdoba), para leer uno de mis cuentos a jóvenes estudiantes de bachillerato. Leí uno llamado Desde el día que te fuiste, Alicia, las cosas han cambiado mucho. De ese ejercicio quedó una entrevista dirigida a ellos, pero no estoy seguro de haberlo logrado y más bien parece dirigida a mí mismo.

– – –

¿Habías leído antes tus cuentos a jóvenes?
Sí, hace años, cuando yo también era joven. Entonces todos éramos jóvenes leyéndonos y escuchándonos entre nosotros sin advertir nuestra juventud, sin esa perspectiva que ofrece la edad y el tiempo que separa una generación de otra. Lo que escribíamos nos parecía bello y poderoso. Luego crecimos, muchos dejaron de escribir y los que continuamos nos hicimos viejos y dudamos de la belleza y el poderío de antaño. Y así, llenos de miedo, nos percatamos de repente que éramos leídos y escuchados por los nuevos jóvenes, cosa que, en mi caso, sí es primera vez que pasa.

¿Hace cuánto tiempo escribes y cómo comenzaste a hacerlo con aspiraciones de trascendencia literaria?
La primera cosa que escribí fue un cuento, a cuatro manos con una prima, cuando tenía siete años. Se llamaba La montaña del cristal eterno y trataba sobre tres hermanos, un dragón, una princesa, diamantes y no recuerdo qué más. Después de eso no he dejado de escribir. Lo que ocurrió fue que, con los años, escribir dejó de ser una actividad asociada exclusivamente a mi entusiasmo o mi tiempo libre, lo empecé a ver como un oficio y también como la posibilidad de darle a entender a alguien la forma en que comprendo el mundo, sin tener que hablar de mí mismo. Eso me trajo aspiraciones que se resumen en publicar con cierta regularidad y cobrar eventualmente por eso. Pero esas aspiraciones no están asociadas con ser escritor sino con el oficio de escribir, así que no son generalizables y estoy seguro de que a muchos escritores no les interesa.

¿Siempre quisiste ser escritor? ¿En qué momento identificaste esta inquietud?
De niño quería ser astronauta, futbolista o jardinero. No sabía que ser escritor era un oficio. Con los años me percaté de que podía serlo, así como alguien quiere ser policía o contador. Nunca quise ser escritor: simplemente lo fui siendo. Más que un deseo, ha sido un descubrimiento.

¿Cuáles han sido los escritores que han influenciado tu estilo y cuáles recomiendas para las nuevas generaciones de lectores?
Hay autores para cada momento de la vida. Pocos me acompañan durante muchos años y los que aún permanecen son poetas. La mayoría van y vienen, y si los recuerdo es porque me dejaron inquietudes y obsesiones relacionadas con la escritura. Me gustan los escritores que crean sus propios universos dentro o fuera de este mundo, conectan personajes, lugares y situaciones, que todo el tiempo se están autorreferenciando; J.R.R. Tolkien localiza todas sus historias en Arda, que es un mundo del cual la Tierra Media (donde ocurre El Señor de los Anillos), es apenas una parte; H.P. Lovecraft hizo algo similar en los Mitos de Cthulhu, un entramado de historias llenas de dioses cósmicos y amorfos capaces de destruir el universo si les diera la gana, pero no están interesados en hacerlo. Stanisław Lem es uno de mis favoritos: su inteligencia es feroz, es divertido y entiende que eso que llamamos realidad es una cosa inestable, constantemente sometida a prueba por cosas que no podemos explicar. Grandes cuentistas son también Marvel Moreno, Álvaro Cepeda Samudio, William Saroyan, Ray Bradbury, Edgar Allan Poe y Raymond Carver. Seguro se me escapan muchos.

¿Qué cuentos quisieras recomendarles para su lectura?
Recomiendo mucho Vendrán lluvias suaves, de Ray Bradbury, que debe ser el mejor cuento de ciencia ficción que he leído y uno de los mejores sobre cualquier cosa; El horror oculto, de H.P. Lovecraft, por el final; El informe de Brodie, de Jorge Luis Borges, porque es una metáfora del mundo en que vivimos. Recomiendo también Las nieves del Kilimanjaro, de Ernest Hemingway; La voz de la tortuga, de Guillermo Cabrera Infante; El armenio y el armenio, de William Saroyan; La vieja Rosa, de Reinaldo Arenas, y El ruletista, de Mircea Cărtărescu.

¿Por qué escribes cuentos? ​​¿Has explorado algún otro género literario?
Escribí una novela que titulé Tres informes de carnaval, y también hago crónicas. Escribo cuentos por la misma razón que escribo novelas o crónicas: para darle a entender a alguien la manera en que supongo funciona el mundo, esperando que el lector quizá se identifique o al menos le sirva para algo leer aquello, de la forma que sea.

Según tu criterio, ¿qué se necesita para ser cuentista? ¿Qué hay que aprender? ¿Cómo se forma un cuentista?
Leer es fundamental y es la mitad de lo que se requiere para escribir. Hacerlo no garantizará que escribas bien, pero si no lees escribirás mal. Hay que leer cuentos, pero también es bueno leer todo lo que nos interese, porque en esas curiosidades están muchos de los temas que después se vuelven historias. Los cuentos tienen técnicas y eso se aprende, bien sea en talleres, manuales de escritura, o en decálogos, reglas y consejos que dejaron muchos escritores como Horacio Quiroga, Edgar Allan Poe, Julio Cortázar o Rosario Ferré. En Internet está todo. La otra mitad de lo que se necesita para escribir es vivir, cosa que –a mi parecer– no pasa necesariamente por acumular lugares, objetos o información, sino por intentar comprender la magnitud de nuestros eventos vitales, y cómo esos eventos se relacionan entre sí, al punto en que me permiten tener una idea, así sea vaga, de por qué estoy aquí hoy, sentado frente a un computador escribiendo esto. Por lo demás, hay que aclarar que ser cuentista no es un estado de la materia, que es solo un proceso que nunca termina, no hay un punto de llegada ni hay diplomas que avalen tu trabajo. Eres cuentista si escribes cuentos, nada más.

¿Tienes algún ritual para escribir? ¿Qué haces, cómo es tu disciplina para hacerlo?
Mi disciplina ha variado con el tiempo. Antes escribía de nueve de la noche a dos de la madrugada, porque vivía en una ciudad ruidosa y aprovechaba el silencio. Ahora escribo por las mañanas, de ocho a doce, y me ha resultado más productivo. No obstante, no hay una forma mejor: cada quien va encontrando la suya, con más o menos horas de dedicación. Lo único importante es no dejar de escribir.

Ahora hablemos de este cuento que nos compartes: ¿cómo fue la construcción de estos personajes?
El cuento tiene dos personajes principales: uno que va describiendo lo que pasa y el otro es Alicia, aunque ella no es un personaje independiente, es más bien lo que el narrador cuenta de ella. Quería que Alicia fuera un ser sin muchos detalles, salvo el hecho de haber causado con su ausencia un desastre en la vida de quien escribe. La persona que llega tres veces a la casa del narrador, la que le pide plata, es un recurso para mostrar cómo el personaje principal va cediendo y se hace dócil frente una realidad que no controla sin la presencia de Alicia.

¿Cómo construiste esta historia que nos compartes?
Escribí Desde el día que te fuiste, Alicia, las cosas han cambiado mucho en 2008, cuando tenía veintidós años. Hice la primera versión en una noche, de zopetón, y tardé cuatro o cinco días puliéndolo hasta dejarlo como quería. Es un cuento atípico, pues suelo tardar más tiempo en terminarlos y pulirlos.

¿Hay algún tema en especial sobre el que te guste escribir?
Mi interés, insisto, es hacerme entender, que el lector sepa cómo es que yo veo determinada cosa y que, ojalá, esa visión le sirva para algo. En ese sentido, escribo sobre aquello que me genera preguntas o me causa curiosidad, la cual va desde querer saber para qué se agrede la gente que se ama, hasta la manera en que las casualidades alteran la vida de una persona.

Dicen que los jóvenes de hoy leen poco, ¿qué piensas al respecto?
Que es verdad. Pero es que los jóvenes leen poco porque siempre se ha leído poco. Actualmente, el promedio de lectura de los colombianos es de menos de 2 libros al año, y vaya uno a saber qué libros se leen. En 1992 la situación era un poco mejor: 3.5 libros por habitante, aunque casi 2 eran por motivos de estudio. En España se leen más de 10 libros por año, mientras que en Chile y Argentina, 5. Aún así no creo que la cuestión pase por determinar cuánto se lee –mucho o poco– sino para qué se lee. Siempre se ha leído poco, insisto, pero la idea romántica de la lectura como algo necesario se debía a que las generaciones pasadas obtenían de los libros aquello que se necesita para, digamos, ser feliz o hacer la revolución, y no estoy seguro de que los libros actuales enseñen eso. “La vida no está hecha para permitirnos leer”, afirma Martín Kohan, pues está llena de distracciones, urgencias e interrupciones; nuestros padres nos dicen que leer es importante, pero ellos mismos no suelen ser grandes lectores. Incluso, si resulta que hay un joven que lee mucho, que en vez de jugar fútbol se echa en una mecedora o en su cama a devorar una novela, no es alguien digno de aplausos: es más bien un bicho raro. El panorama puede parecer desolador, pero refleja algo que se nos olvida cada tanto: leer es un ejercicio personal, una actividad íntima que no puede ser estandarizada, y como toda actividad tiene ventajas y desventajas. No hay pruebas que demuestren que leer te hará más inteligente, por ejemplo. La diferencia entre alguien que no lee y alguien que sí, es que este último encuentra un resquicio de felicidad en la soledad y la contemplación, así como un diálogo particular con un objeto que le informa algo que alguien pensó en el pasado, como si se tratase de una máquina del tiempo. Quien no lee puede sobrevivir sin problemas en este mundo; quien lee, por su parte, comprende que este mundo nos ofrece mucho más que una necesidad de supervivencia.

Algunos participantes nos han pedido pautas para ser escritores. ¿Tienes algunas?
Las reglas para escribir hay que tomarlas con cuidado: no son transferibles y es necesario que cada quien cree las suyas. Aún así, saber qué hacen las personas que escriben me parece un ejercicio saludable. Se me ocurren algunas.
– Escribe. Lo que sea, como sea, pero escribe. Si dejas de escribir, retomar es más arduo. Escribe tus sueños, eventos cotidianos, apuntes sobre lo que lees. No todo tiene que ser cuento.
– Lee. Revistas, diarios, cómics, novelas, ensayos, lo que te guste. Carga un libro en el maletín, en la mochila, en la chaqueta, para que leas mientras esperas el bus, te atienden en la EPS o acompañas a tus familiares a cobrar la pensión. Lee poesía: Vladímir Mayakovski decía que los poetas conocen “el poder de las palabra más que muchos”; Roberto Bolaño afirmaba que ellos van por “el camino de los perros, allí donde no quiere ir nadie”. Lee a Raúl Gómez Jattin, Yevgueni Yevtushenko, Meira Delmar, Wisława Szymborska, Nika Turbina y Gonzalo Arango.
– Comparte. Al principio da miedo, pero es necesario. Muestra lo que escribes a alguien que –de acuerdo a tu juicio– sepa de literatura, no le temas a la crítica y sopesa las sugerencias que te den. Da a conocer tus escritos con tus amigos, quienes seguramente te darán el ánimo que no hallarás en el experto; si tus amigos escriben, léelos mucho. No te tomes en serio a ninguno de los dos.
– Aprende. Ve a cine, escucha todo tipo de música, recita poemas de memoria, toma fotografías, habla con los viejos, aprende otro idioma. Conoce el mundo. Jorge Teillier decía que uno escribe “para la niña que nadie saca a bailar, para los hermanos que afrontan la borrachera y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos”. No seas crédulo, pero tampoco desprecies a nada ni a nadie.

¿Cómo te sentiste compartiendo esta experiencia de La Cueva por Colombia en esta comunidad?
La primera vez que estuve en Montelíbano tenía diez años o menos, así que no recordaba cómo era. A pesar de haber sido un viaje muy breve, hubo tiempo suficiente para ver la escultura de un bocachico, tocar un árbol de mango gigantesco y conversar junto a Marthica Herrera con un hombre que se dedicaba a pasar gente de una orilla a otra del río San Jorge; el hombre nos dijo que él creía que lo que mataba a la gente no era tomar trago sino dejarlo, que la rutina del bebedor te otorga una salud física envidiable, como la de él. También me sorprendió el interés de muchos jóvenes participantes: me hicieron preguntas sobre el cuento y la escritura que nunca me había planteado, y que espero haber aclarado en esta entrevista. La Cueva por Colombia es uno de los pocos acercamientos que tienen a la literatura y al oficio de escribir, así que ojalá la visita haya servido para aquellos pocos jóvenes que me dijeron que querían ser escritores. A ellos, toda mi gratitud.

Varios poemas favoritos

1911. Constantino Cavafis (Grecia, 1863-1933) – Ítaca.

1951. Meira Delmar (Colombia, 1922-2009) – Raíz antigua.

1962. Evgeni Evtuchenko (Rusia, 1932 – ) – Conversación con un escritor americano.

1970. Raúl Gómez Jattin (Colombia, 1945-1997) – Qué te vas a acordar Isabel.

1982. Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936-1972) – Poema 33.

1982. Nika Turbina (Rusia, 1974-2002) – ¿Quién soy?

1986. Wisława Szymborska (Polonia, 1923-2012) – Unas palabras sobre pornografía.

1986. Derek Walcott (Santa Lucía, 1930) – El amor después del amor.

1993. Roberto Bolaño (Chile, 1953-2003) – Los perros románticos.

2005. Aníbal Tobón (Colombia, 1947-2016) – Cuando yo digo cielo.

2008. Patricia Iriarte (Colombia, 1962- ) – Equipaje.

2009. Frank Baez (República Dominicana, 1978- ) – Peleas domésticas.

2015. Antonio Mora Vélez (Colombia, 1942- ) – Hongo rojo.

Aníbal Tobón

A principios de 2008, cuando tenía 22 años, algunos amigos y yo queríamos hacer una revista literaria. Bacanal –así se llamaba– reuniría los textos de escritores barranquilleros que, como nosotros, estaban empezando en esto de la literatura. No teníamos ni idea de cómo hacer una revista, y de paso intuíamos –todo hay que decirlo– que no sabíamos escribir.

Una amiga nos dijo que fuéramos donde Aníbal Tobón. Nos lo describió como un tipo flaco, barbudo, amigo de cualquier causa perdida, trotamundos juramentado y espíritu vivo de un bar llamado Caza d’ Poesía. La primera vez que nos vimos con él cogió nuestra idea, la desbarató y nos ayudó a rearmarla. Pulió nuestros escritos, nos enseñó de gratis cómo debía hacerse la revista y nos prestó la plata para la impresión, algo que nosotros en nuestra ingenuidad no contemplamos. Nos reuníamos en el bar o en su casa, una cabaña anclada en una de las lomas de Salgar, para darle forma al proyecto.

La revista anduvo bien el primer año, se mantuvo otro tiempo más y finalmente desapareció. Cada uno de los integrantes de la revista tomó su camino. El bar cambió de sede, perdió su brillo y cerró. Cada cosa fue desapareciendo. Lo único que sobrevivió para mí fueron las visitas a Salgar: le llevaba a Aníbal cada novedad que escribía y él las revisaba con paciencia, señalándome mis mil errores. En ese tiempo jamás me hizo un comentario positivo y un día yo, mareado por quién sabe qué, debí hacer alguna mala cara. Sonrió y me dijo “el día que te diga algo bueno, ese día dejas de escribir”.

Yo lo visitaba seguido a Salgar. Tomábamos vino y fumábamos y veíamos el atardecer. Me prestaba algunos libros y me regalaba muchos más. Por él conocí a Lautréamont, a Lagerkvist y a Mayakovski. Aníbal hablaba de literatura sin pompa, seguro de que nada en esta vida merece ser venerado. Imaginaba sus proyectos como si fuese a vivir mil años, y era un tipo tan vital que los que lo conocimos podríamos jurar que sí viviría esos mil años, que él nos enterraría a todos.

La última vez que lo vi fue en la calle, hace menos de un mes. Yo iba saliendo de un banco y me lo tropecé. “No entres más a esa verga o te vas a volver un hijueputa”, me dijo. Le pregunté qué había pasado con su novela, esa que llevaba años escribiendo y que, según me contaba, estaba a punto de finalizar. Me respondió que le faltaban algunas páginas y listo, que la publicaría, que era muy jodido escribir una novela.

Yo solo espero que haya muerto en su ley, borracho y trabado, caminando alguna calle del centro, con su mochila en el hombro y la imaginación a cuestas. Aunque lo que espero realmente es que no se haya muerto, o que todavía no sepa que está muerto, y me lo encuentre por ahí, nos tomemos una última cerveza y pueda decirle que todo lo que he escrito en esta vida, todo, se lo debo a él.

Suposiciones y certezas de Stefan Kuntz

Supongamos que Stefan Kuntz no está anclado a una silla de ruedas. Supongamos que no hubo accidente y Kuntz está de pie, enorme como un árbol, el pelo de oro y los ojos celestes. Supongamos también que a su lado está Emma, pelirroja de rizos difíciles, nariz pecosa y lengua de fuego. La intensidad de Emma es tanta que a su lado Kuntz se ve pequeño y deslucido, su cuerpo es consumido lentamente por la llama que es Emma. El apolíneo Kuntz padece con la presencia de esa mujer.

Lo cierto es que Stefan Kuntz está anclado sin remedio a una silla de ruedas. Su cuerpo se ha contraído, está viejo, ahora su pelo es de plata y tiene los ojos cerrados. Hubo, como dije, un accidente. Pero esta vez Iris está a su lado, vestida toda de blanco, ojos negros y vivaces que a Kuntz, que ya no ve pero intuye mejor que antes, le recuerdan a los suyos. Kuntz tampoco puede escucharla, solo siente cuando Iris le cubre las piernas con una manta y lo saca a pasear por el jardín.

Durante esos paseos, Kuntz intenta esbozar una sonrisa para Iris. Nada pasa. A veces Kuntz babea. Iris lo limpia con un pañuelo.

Supongamos (una última suposición, si me permiten) que Kuntz recuerda a Emma. Su cuerpo rememora el fuego de antaño y los restos de su espíritu empiezan a hacerse humo. En ese momento la diligente Iris se percata de la calentura de Kuntz, le quita la manta y frota sus piernas con una toalla húmeda.

Sueños

Hace varios meses soñé con un viejo brujo que me dijo que para estar bien tenía que hacer coincidir el pasado con el presente y el futuro. Le pregunté qué quería decir con eso pero no me contestó, se limitó a prender un Palo Santo y a sacarme de donde estaba, que era una habitación blanca, usando la humareda dulzona que suelta esa rama.

Después de eso soñé con serranías hechas de libros de segunda, con indios a caballo cazando conejos que hablaban y con un pueblo pequeño donde me sentía muy tranquilo porque tenía la certeza de que ese pueblo y yo éramos la misma cosa.

Con el viejo brujo no he vuelto a soñar, pero después de cada sueño, segundos antes de despertar, me parece que mi habitación huele un poco al humo aquel con el que el viejo brujo me sacó de donde estaba.

Barsoom

Fragmento.

Le pedí a Esteban que camináramos. Bajamos por la carrera cincuenta y cuatro hasta la calle setenta y dos. Allí compramos cigarrillos y dos cervezas en un supermercado. “Barsoom –continuó su delirio- es el nombre de Marte en la saga marciana de aventuras que escribió Edgar Rice Bourroughs. En esos libros hay marcianos parecidos a nosotros, y también otros verdes, rojos, amarillos, gorilas blancos ciegos, leones de diez patas y ranas gigantes. Leí los libros hace años, son once. Fue lo primero que supe de Marte”.

Esteban estaba sentado en el bordillo, con el cigarrillo en la mano derecha y la lata de cerveza en la izquierda. Alzó su cabeza en dirección al cielo y se quitó los lentes. Así se quedó durante varios minutos. Yo no dije nada, me limité a mirarlo, a tratar de entender su fascinación por Marte. Pero no, no entendía, había un estrecho vínculo entre Esteban y Marte, algo místico y contemplativo a lo que solo llegan los iniciados. No podía, mi esfuerzo era inútil y vacío. Él estaba fuera de mi alcance.

Ahí fue cuando le pegué.

Hubo un silencio denso, artificial, durante la golpiza. Le di una patada en la cara que le destrozó los dientes de inmediato, luego me abalancé sobre él y lo rematé a puñetazos. Esteban intentaba protegerse en vano, creo que me gritaba, pero yo no escuchaba nada. El mundo entero se había quedado sin sonido. Cada golpe que le daba era seco, tangible entre mis nudillos, pero inaudible. Sin eco, sin resonancia. Hubo un momento fugaz en que temí haberme quedado sordo. Sabía que lo golpeaba fuerte porque me dolían mis manos, porque mis dedos crujían al contacto con su cara. Esteban dejó de forcejear y yo seguí golpeando su cuerpo inmóvil y blando, hasta que alguien se arrojó sobre mí y me empujó lejos. La gente se acercaba a Esteban, lo rodeaban hasta hacerlo desaparecer de mi vista. El tipo que me había empujado se acercó a mí. Llevaba un palo en su mano. Después no recuerdo nada.