Aníbal Tobón

A principios de 2008, cuando tenía 22 años, algunos amigos y yo queríamos hacer una revista literaria. Bacanal –así se llamaba– reuniría los textos de escritores barranquilleros que, como nosotros, estaban empezando en esto de la literatura. No teníamos ni idea de cómo hacer una revista, y de paso intuíamos –todo hay que decirlo– que no sabíamos escribir.

Una amiga nos dijo que fuéramos donde Aníbal Tobón. Nos lo describió como un tipo flaco, barbudo, amigo de cualquier causa perdida, trotamundos juramentado y espíritu vivo de un bar llamado Caza d’ Poesía. La primera vez que nos vimos con él cogió nuestra idea, la desbarató y nos ayudó a rearmarla. Pulió nuestros escritos, nos enseñó de gratis cómo debía hacerse la revista y nos prestó la plata para la impresión, algo que nosotros en nuestra ingenuidad no contemplamos. Nos reuníamos en el bar o en su casa, una cabaña anclada en una de las lomas de Salgar, para darle forma al proyecto.

La revista anduvo bien el primer año, se mantuvo otro tiempo más y finalmente desapareció. Cada uno de los integrantes de la revista tomó su camino. El bar cambió de sede, perdió su brillo y cerró. Cada cosa fue desapareciendo. Lo único que sobrevivió para mí fueron las visitas a Salgar: le llevaba a Aníbal cada novedad que escribía y él las revisaba con paciencia, señalándome mis mil errores. En ese tiempo jamás me hizo un comentario positivo y un día yo, mareado por quién sabe qué, debí hacer alguna mala cara. Sonrió y me dijo “el día que te diga algo bueno, ese día dejas de escribir”.

Yo lo visitaba seguido a Salgar. Tomábamos vino y fumábamos y veíamos el atardecer. Me prestaba algunos libros y me regalaba muchos más. Por él conocí a Lautréamont, a Lagerkvist y a Mayakovski. Aníbal hablaba de literatura sin pompa, seguro de que nada en esta vida merece ser venerado. Imaginaba sus proyectos como si fuese a vivir mil años, y era un tipo tan vital que los que lo conocimos podríamos jurar que sí viviría esos mil años, que él nos enterraría a todos.

La última vez que lo vi fue en la calle, hace menos de un mes. Yo iba saliendo de un banco y me lo tropecé. “No entres más a esa verga o te vas a volver un hijueputa”, me dijo. Le pregunté qué había pasado con su novela, esa que llevaba años escribiendo y que, según me contaba, estaba a punto de finalizar. Me respondió que le faltaban algunas páginas y listo, que la publicaría, que era muy jodido escribir una novela.

Yo solo espero que haya muerto en su ley, borracho y trabado, caminando alguna calle del centro, con su mochila en el hombro y la imaginación a cuestas. Aunque lo que espero realmente es que no se haya muerto, o que todavía no sepa que está muerto, y me lo encuentre por ahí, nos tomemos una última cerveza y pueda decirle que todo lo que he escrito en esta vida, todo, se lo debo a él.

Suposiciones y certezas de Stefan Kuntz

Supongamos que Stefan Kuntz no está anclado a una silla de ruedas. Supongamos que no hubo accidente y Kuntz está de pie, enorme como un árbol, el pelo de oro y los ojos celestes. Supongamos también que a su lado está Emma, pelirroja de rizos difíciles, nariz pecosa y lengua de fuego. La intensidad de Emma es tanta que a su lado Kuntz se ve pequeño y deslucido, su cuerpo es consumido lentamente por la llama que es Emma. El apolíneo Kuntz padece con la presencia de esa mujer.

Lo cierto es que Stefan Kuntz está anclado sin remedio a una silla de ruedas. Su cuerpo se ha contraído, está viejo, ahora su pelo es de plata y tiene los ojos cerrados. Hubo, como dije, un accidente. Pero esta vez Iris está a su lado, vestida toda de blanco, ojos negros y vivaces que a Kuntz, que ya no ve pero intuye mejor que antes, le recuerdan a los suyos. Kuntz tampoco puede escucharla, solo siente cuando Iris le cubre las piernas con una manta y lo saca a pasear por el jardín.

Durante esos paseos, Kuntz intenta esbozar una sonrisa para Iris. Nada pasa. A veces Kuntz babea. Iris lo limpia con un pañuelo.

Supongamos (una última suposición, si me permiten) que Kuntz recuerda a Emma. Su cuerpo rememora el fuego de antaño y los restos de su espíritu empiezan a hacerse humo. En ese momento la diligente Iris se percata de la calentura de Kuntz, le quita la manta y frota sus piernas con una toalla húmeda.

Sueños

Hace varios meses soñé con un viejo brujo que me dijo que para estar bien tenía que hacer coincidir el pasado con el presente y el futuro. Le pregunté qué quería decir con eso pero no me contestó, se limitó a prender un Palo Santo y a sacarme de donde estaba, que era una habitación blanca, usando la humareda dulzona que suelta esa rama.

Después de eso soñé con serranías hechas de libros de segunda, con indios a caballo cazando conejos que hablaban y con un pueblo pequeño en el que me sentía muy tranquilo porque tenía la certeza de que ese ese pueblo y yo éramos la misma cosa.

Con el viejo brujo no he vuelto a soñar, pero después de cada sueño, segundos antes de despertar, me parece que mi habitación huele un poco al humo aquel con el que el viejo brujo me sacó de donde estaba.

Barsoom

Fragmento.

Le pedí a Esteban que camináramos. Bajamos por la carrera cincuenta y cuatro hasta la calle setenta y dos. Allí compramos cigarrillos y dos cervezas en un supermercado. “Barsoom –continuó su delirio- es el nombre de Marte en la saga marciana de aventuras que escribió Edgar Rice Bourroughs. En esos libros hay marcianos parecidos a nosotros, y también otros verdes, rojos, amarillos, gorilas blancos ciegos, leones de diez patas y ranas gigantes. Leí los libros hace años, son once. Fue lo primero que supe de Marte”.

Esteban estaba sentado en el bordillo, con el cigarrillo en la mano derecha y la lata de cerveza en la izquierda. Alzó su cabeza en dirección al cielo y se quitó los lentes. Así se quedó durante varios minutos. Yo no dije nada, me limité a mirarlo, a tratar de entender su fascinación por Marte. Pero no, no entendía, había un estrecho vínculo entre Esteban y Marte, algo místico y contemplativo a lo que solo llegan los iniciados. No podía, mi esfuerzo era inútil y vacío. Él estaba fuera de mi alcance.

Ahí fue cuando le pegué.

Hubo un silencio denso, artificial, durante la golpiza. Le di una patada en la cara que le destrozó los dientes de inmediato, luego me abalancé sobre él y lo rematé a puñetazos. Esteban intentaba protegerse en vano, creo que me gritaba, pero yo no escuchaba nada. El mundo entero se había quedado sin sonido. Cada golpe que le daba era seco, tangible entre mis nudillos, pero inaudible. Sin eco, sin resonancia. Hubo un momento fugaz en que temí haberme quedado sordo. Sabía que lo golpeaba fuerte porque me dolían mis manos, porque mis dedos crujían al contacto con su cara. Esteban dejó de forcejear y yo seguí golpeando su cuerpo inmóvil y blando, hasta que alguien se arrojó sobre mí y me empujó lejos. La gente se acercaba a Esteban, lo rodeaban hasta hacerlo desaparecer de mi vista. El tipo que me había empujado se acercó a mí. Llevaba un palo en su mano. Después no recuerdo nada.

Nuestras repeticiones de Georges Méliès

Fragmento.

Tenía que pasar otra cosa para que Daniela se fuera. Nuestra relación sobrevivió a la desaparición de Barsoom (una pena, le había cogido cariño a toda esa gente rara) y mi memorial de agravios contra ella se amplió, cierto, pero entre más extenso se hacía menos importancia le daba. Daniela es como es. Punto.

Cuatro años duró nuestra vida en común. Lo repito, lo de nosotros fue fugaz no tanto por el tiempo sino por nuestra manera intensa de repetir los días felices: libros y cine, libros y cine, libros y cine adornados por un amor que crecía como un roble en la superficie, echando raíces de una manera tan silenciosa y pausada que ninguna de las dos lo advirtió. Fueron cuatro años que bien pudieron ser cuatro meses, cuatro días o cuatro segundos.

La última premonición del fin llegó con la tesis de grado. Yo apliqué unas encuestas sobre salud mental en estudiantes de derecho tributario y antes de terminar décimo semestre la tenía lista, pero a Daniela le gusta expandirse: se le ocurrió una vaina compleja que la exigió hasta sofocarse, tanto trabajo la dejó flaca y ojerosa y su pelo perdió brillo. Ardió por dentro y su ímpetu se consumió hasta hacerse cenizas.

Me gradué en marzo según lo previsto. Recibí el diploma por ventanilla porque Daniela no se graduó conmigo, su tesis seguía incompleta. Le dije que no tenía sentido ir a una ceremonia tan aburrida sin una acompañante que mirara mi vestido cada cinco minutos. Sonrió, y creo que fue la última vez que sonrió para mí.

Ese día me dijo adiós.

– Susicariño, me voy a encerrar para terminar la tesis.

Habíamos terminado de leer El armenio y el armenio, de Saroyan, acostadas en su cama. Se levantó antes de tiempo, y digo antes de tiempo porque Daniela y yo teníamos tal sincronicidad que sabíamos cuándo debíamos hacer cada cosa, no antes, no después. Pero en esa ocasión no hubo sincronicidad y Daniela, como dije, se levantó antes de tiempo, recogió la ropa que tenía dispersa por la habitación, se vistió y se sentó en su escritorio.

– La tesis, Susicariño, o no me voy a graduar nunca.

Poco antes de irse, cuando aún creía que ella alcanzaría a graduarse conmigo, le regalé dos peces dorados. Los vi en el mostrador de una tienda de mascotas, con sus negros y gelatinosos ojos a los costados, las aletitas que no cesan de moverse y una cola larga que parece hecha de papel cebolla. Me gustan porque es como tener a tu pelo vivo nadando en una esfera de vidrio, le dije, y Daniela sonrió de una forma en que, ahora que lo pienso, era desconocida para mí.

Anatomía de la tierra

En 1920, recién cumplidos treinta años, Howard Phillips Lovecraft escribió una carta en la que detallaba su infancia. Escribió sobre sus trenes de juguete, su fascinación por las marionetas, y, en especial, sobre su obsesión por crear pequeñas ciudades en el jardín de su casa. El joven Lovecraft trazaba planos con calles, avenidas, barrios residenciales y zonas comerciales. Ubicaba a la iglesia en el centro y a sus fieles en barrios cercanos, mientras que a los ladrones los hacía vivir en los suburbios. Durante horas, Lovecraft cavaba con sus manos para hacer los ríos y los canales que distribuían el agua por toda la ciudad.

Un día, quizá mientras contemplaba sus manos untadas de barro, se dio cuenta de que estaba muy mayor para divertirse de esa forma. “Y desde entonces –escribió- no he vuelto a cavar la tierra, ni a trazar senderos o caminos; para mí, esas operaciones están asociadas a demasiadas añoranzas, porque no podemos recuperar jamás la alegría fugitiva de la infancia”.

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Raúl Gómez Jattin dedicó su primer poema a Martha (Isabel en el poema), la hija de un terrateniente del Valle del Sinú, a quien amaba desde los cinco años. El poema evoca la nostalgia del niño Raúl, quien recuerda cuando jugaba a las muñecas y a la rayuela con Isabel. Después, ya adultos, Raúl escribe el desengaño que significó ver a su amor con anteojos, casada con el alcalde del pueblo y criando cinco hijos, mientras él, loco como era, seguía jugando con tierra: “haciendo y deshaciendo figuras en la piel de la tierra”.

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H. P. Lovecraft, adulto.
H. P. Lovecraft, adulto.

El Diccionario de los símbolos (Chevalier & Gheerbrant, 1986), define la tierra como un elemento de fecundidad y regeneración. Es una mujer, la Gran Madre que otorga la vida y luego la arrebata. En algunas tribus africanas, las mujeres embarazadas comen tierra para asegurar que el bebé nazca sano. Los aztecas creían que la tierra nutre, pero luego reclama lo que ha dado, lo mata y se alimenta del cadáver.

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Vivir es jugar con tierra y morir es estar bajo ella. Los niños como Lovecraft o Jattin hacen y deshacen la tierra, mientras que de adultos, cansados y marchitos, sueñan con volver a ella. Lovecraft murió por un cáncer en los intestinos, a los 46 años, mientras que a Gómez Jattin lo atropelló un bus –quizá él se arrojó- cuando tenía 51.

Lovecraft también escribió alguna vez que ser adulto es el infierno.