El futuro será siempre inquietante. René Rebetez afirma que vivimos en un mundo cambiante, tan poco medieval y estático, cuyo tiempo psicológico parece deshilvanarse a la velocidad de la luz y que se escurre como agua en nuestras manos. Hemos desarrollado poderosos sistemas de comunicación y aislamiento, tarjetas de pago que simulan dinero que jamás vemos, deseos incontrolables por satisfacer necesidades superfluas y una mística hacia los designios de la economía. Somos una sociedad que funciona en términos de ciencia ficción, y como tal nos hacemos preguntas futuristas que respondemos de múltiples maneras.

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Durante la primera mitad del siglo XX era común en el Caribe colombiano la literatura de ciencia ficción. Hace poco, en 2011, la editorial Laguna Libros rescató tres novelas sobre este género, las cuales vienen a ser el punto de partida de esta vieja y olvidada tradición literaria. Una de ellas es Barranquilla 2132.

[Diseño de Fotografía: Julio Rodríguez]

Barranquilla 2132 es una novela breve, de esas que se leen de un solo tirón en apenas un par de horas. Fue escrita en 1932 por el periodista bogotano José Antonio Osorio Lizarazo (1900-1964), quien para ese entonces trabajaba en el diario El Heraldo. La novela, como bien sugiere el título, trata sobre la Barranquilla del futuro.

La trama gira alrededor del barranquillero Juan Francisco Rogers, un médico de principios del siglo XX. Rogers, quien había ideado una técnica para disminuir la activación corporal y prolongar la vida, decidió sepultarse en vida para poder ver las maravillas del futuro. Despierta en el siglo XXII y pronto, de la mano de los periodistas J. Gu y M. Ba, Rogers se sumerge en una intriga alrededor de una serie de explosiones que han sacudido Barranquilla, París, Nueva York, y otras de las principales ciudades del mundo.

Lo interesante de Barranquilla 2132 es la visión que Osorio Lizarazo tiene sobre la ciudad. La imagina como una sociedad comercial de un millón de habitantes, sin caños, atravesada en su centro por el río Magdalena, sobre el que se erigen edificios residenciales de quince y veinte pisos. El edificio Eckhardt y la Plaza de San Nicolás eran consideradas reliquias históricas de alto valor por ser las primeras construcciones que le dieron un aspecto moderno a la urbe.

El mismo Rebetez afirma que la ciencia ficción, más que tratar temas improbables, tiene como propósito preguntarse sobre el futuro a partir de las características del presente. Si Osorio Lizarazo imagino así a Barranquilla, fue porque el desarrollo de su época lo permitía. Había un presente sólido que sugería un futuro promisorio. Hoy día Barranquilla tiene casi un millón doscientos mil habitantes, los caños son un problema sanitario, la ciudad está de espaldas al río y el aspecto del centro histórico -a pesar de los esfuerzos realizados- es lamentable. Bajo esta perspectiva, imaginar que Barranquilla será una potencia dentro de algo más de cien años sí es algo descabellado.

Aún queda mucho tiempo para que las cosas puedan ser diferentes. Quizá la clave, como generalmente ocurre, está en el pasado, en repensarnos desde lo que fuimos para comprender qué seremos, y no en abrazar una modernidad foránea atiborrada de cemento. No sería mala idea echarle una hojeada al libro de Osorio Lizarazo, y contemplar nuestro futuro a la luz de un pasado que se nos figuró glorioso, pero que hoy es inexistente.

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Un comentario en “Barranquilla 2132

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