Me hice seguidor de Roberto Baggio el 17 de julio de 1994, segundos después de que él errara el penal con el que Brasil se coronó Campeón del Mundo por cuarta vez en su historia. Lo vi ahí, tumbado en la cancha, llorando como un niño, afectado por la tristeza de sus compañeros y la euforia del equipo rival.

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Tenía ocho años cuando se disputó el Mundial de Fútbol de los Estados Unidos. Durante casi toda la competencia le hice fuerza a Brasil, porque una vez que eliminaron a Colombia todos comenzaron a seguir a Brasil. Cuando eres niño no eliges tus preferencias: las imponen los demás. Te vistes como tu madre quiere, te enamoras de la primera niña que te dice que le gustas, te haces hincha de Junior porque tu tío es hincha de Junior. A los ocho años solo sabes decir sí.

Brasil, como siempre, era el favorito para ganar. En la Primera Fase derrotó 2-0 a Rusia, liquidó 3-0 a Camerún y empató 1-1 contra Suecia. En Octavos de Final venció 1-0 a Estados Unidos, 3-2 a Holanda en Cuartos y 1-0 a los suecos, esta vez en Semifinales. Brasil era una selección deslumbrante en la que Romario y Bebeto no perdonaban. Disputarían la Final contra la Selección de Italia.

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Sus inicios en la Fiorentina, años ochenta.

Los italianos, por su parte, habían llegado a la Final luego de un inicio decepcionante. En la Primera Fase perdieron contra Irlanda 1-0, le ganaron 1-0 a Noruega (que sería última del grupo con 4 puntos, los mismos que Italia), y empataron 1-1 contra México. Italia pasó a Octavos de Final como el peor equipo entre todos los que clasificaron. En Octavos derrotaron 2-1 a Nigeria gracias a un penal dudoso en tiempo extra, vencieron 2-1 a España en Cuartos y a Bulgaria en Semifinales, también por 2-1.

El paso a la Final de una selección tan mediocre como Italia se debió al ímpetu solitario de Roberto Baggio. Él, Il Divino, el 10, empató el partido contra Nigeria al minuto 90 y luego, en tiempo extra, les convirtió un penal; le hizo a los españoles, también en alargue, el gol que acabó con el sueño de esa buena selección; eliminó con dos goles a Bulgaria, el equipo revelación. Italia llegó a la Final gracias a cinco anotaciones de Roberto Baggio. Italia era Baggio.

En 1994 yo vivía en un pequeño pueblo del Caribe. Mi padre, el día de la Final entre Brasil e Italia, sacó el televisor a la terraza de nuestra casa, confiado en que los vecinos se vieran el partido con nosotros. El lugar se llenó con todo aquel que quería ver el encuentro y no tenía televisor, que no eran pocos en ese pueblo. Todos estábamos con Brasil.

Italia, como pudo, aguantó a los brasileños durante 120 minutos. Fue un partido trabado, sin goles, en el que ni Baggio ni Romario brillaron. Todo se resolvería en penales. El primer lanzamiento, cobrado por Marcio Santos y atajado por Pagliuca, hizo presentir la victoria italiana, pero las fallas de Baresi y Massaro le dieron un respiro a Brasil y delegaron la responsabilidad de la victoria a los quintos cobradores.

Roberto Baggio, encargado del quinto lanzamiento italiano, erró como un principiante. Mandó el balón por encima del horizontal y Brasil se coronó campeón. Mientras mi barrio celebraba, yo observaba cómo Baggio clavaba su mirada al piso y luego se echaba al césped entre lágrimas. Yo era incapaz de comprender por qué la gente celebraba el triunfo de un equipo a costa de la tristeza de un hombre. Baggio, solo, había llevado a Italia a la Final de un Mundial que no podía ganar, y él mismo, también en su soledad, se encargó de sellar la derrota.

El penal errado.

Ese día, por primera vez, dije no. Desde aquel 17 de julio de 1994, sin entender muy bien por qué, me hice seguidor de Roberto Baggio. Lo vi jugar con Juventus, AC Milan, Bolognia FC, Inter de Milán y finalmente Brescia, equipo al que llegó en el 2000 con el objetivo de salvarlo del descenso. Cuatro años más tarde, el 16 de mayo de 2004, Roberto Baggio se retiró del fútbol en un partido en condición de visitante contra el AC Milan. Mientras lo veía salir por última vez del campo de juego recordé la Final de 1994. Comprendí, 10 años después, que mi fascinación por el jugador italiano estaba en la derrota, o mejor, en sus extrañas e inexplicables alegrías colaterales.

Los jugadores como Roberto Baggio resultan misteriosos, incomprensibles e inclasificables. Si bien en 1993 obtuvo el Balón de Oro de Europa y el Premio FIFA World Player, Baggio no ganó un Mundial de Fútbol, ni fue Bota de Oro: no ganó nada con la Selección de Italia. A lo largo de su carrera futbolística solo consiguió dos Scudettos, una Copa de Italia y una Copa de la UEFA, muy poco si se tiene en cuenta que jugó durante 22 años. No es el máximo anotador de la Selección de Italia ni fue goleador de la Serie A. Aun así es considerado uno de los mejores futbolistas de la historia.

El día de su retiro. Baggio solía llevar en el brazalete de capitán los colores de la bandera de Sōka Gakkai, haciendo referencia a su filiación budista.

En un mundo acostumbrado a medir el éxito a partir de la certeza de la victoria, que ha estandarizado el fútbol hasta llegar a tener en cuenta el número de cabezazos, promedio de gol por juego, o la cantidad de pases acertados para determinar quién es el mejor jugador del mundo, reconforta saber que hay jugadores que hacen que la afición, afectada por el delirio que provocaban los goles, tome la cada vez más extraña decisión de aplaudir el juego y desechar las estadísticas.

Quizá Baggio despertó tanta euforia porque su carrera se asemeja a la vida que nos toca. No todos podemos ser los mejores del mundo, ganar premios o establecer marcas. Simplemente nos dedicamos a intentar vivir bien, a sobresalir dentro de esta caótica sociedad que le da todo a unos pocos y mantiene a millones en el anonimato. A fallar y a continuar, a perder y a mejorar. A decir no, y seguir congraciándonos con eso.

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6 comentarios en “Roberto Baggio

  1. Hey Fabian.. Discrepo contigo porque ya yo era hincha de Italia y de la Juventus en ese año.. Lo Vi Jugar en la Fiore inclusive.. Il Codino con sus toques magicos me hizo ser hincha de la Juve asi como Enzo de River y asi como Roberto Cabañas del America….

  2. Yo Conocí a Il Codino en Italia 90 y me volvió tifosi Juventino y Azurro hasta la fecha, gran jugador pero sin dudas, ese momento en forma injusta lo sacó de la baraja de los mejores de todo los tiempos… Su legado lo recibió Andrea Pirlo (Igual que él jugaron en los tres grandes – Juve, Milán e Inter), quien en sus inicios lo tuvo como su ídolo a seguir!!!

  3. Baggio fue balon de oro y FIFA world player en 1993. Andrea Pirlo y Guardiola jugaron en el Brescia para jugar al lado de Baggio, ademas Pirlo confeso que siempre habia sido su idolo. Saludos

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