Anatomía de la suerte

Hace años, cuando yo era un niño, mi familia y yo lo pasábamos difícil. Cuando no había dinero para comprar algo de comer, mamá me decía: flaco, ve a caminar a ver qué encuentras por ahí. Y yo iba. Cada vez que le daba la vuelta a la manzana regresaba a casa con un billete de diez mil, de veinte mil o de cincuenta mil. Los encontraba en la calle, allí, tirados en el piso como si hubiesen estado esperándome. La primera ocasión en que eso ocurrió fue sorprendente, la segunda bastante extraño, y de la tercera en adelante fue aterradoramente sospechoso. Era tanta la suerte que no quería que mamá pensara que yo robaba ese dinero. Se lo dije. Sonrió y dijo tranquilo, flaco, yo te creo, en el mundo hay gente con suerte.

Mamá también decía que no debía abusar de mi buena estrella: si te excedes, la racha que tienes se irá para siempre. De las tres veces que me dio dinero para apuntar el chance, salí favorecido en dos ocasiones. Con esa plata hacíamos un enorme mercado que duraba dos meses. Gané decenas de rifas, saqué la balota blanca en ese ridículo sorteo que hacen los militares para que algunos bachilleres sean eximidos de ir al ejército, y me gané una beca para estudiar en una universidad privada. Azar o mérito, lo cierto es que me sentí afortunado.

Cuando tienes suerte empiezas a creer, inevitablemente, que el mundo gira a tu alrededor, que tu existencia tiene un propósito que se te revela con cada decisión que tomas, por más loca que ésta sea. Consideras que de las siete mil millones de personas que tiene el mundo, seis mil novecientas noventa y nueve trabajan directa o indirectamente para ti. Te crees único y especial porque hay centenares de motivos que lo confirman. El futuro parece nítido, lleno de éxito y gloria. Eres fuerte, no te falta dinero, y tienes a tu lado a la chica que amas.

Un día, años después, toda tu suerte desaparece. Primero es la salud: empiezas a enfermarte; un dolor de muelas, luego te intoxicas, te haces flaco como un cadáver, te llenas de canas y te da tétano. Después se va el dinero: no puedes ir al médico porque también perdiste el trabajo, y la poca plata que obtienes prefieres gastarla en comida. Finalmente, el amor: no estás saludable porque inviertes toda tu energía pensando en la chica que amas, pero que ahora perdiste.

Te preguntas por qué. Algo hice mal, dices. Recuerdas las palabras de tu madre y llegas a la conclusión de que abusaste de tu fortuna y por eso se marchó. Empiezas, sin saberlo, a comportarte como un idiota, a tratar a la suerte como un ente animado que piensa y siente, a hacer chances a diario para que vuelva, a comprar rifas que no ganas, a participar en concursos que otros se llevan. Por intentar recuperar lo perdido, olvidas lo poco que aún te queda.

Ahora no tienes nada. En la cumbre de tu desgracia te das cuenta de que regresaste al inicio. No hay salud, no hay dinero y no hay amor. Pero en esta oportunidad hay una esperanza: ya sabes que no hay un orden cósmico o metafísico que guía tu destino. El azar no tiene propósito. El azar es simplemente azar, y por una poco probable pero posible suma de eventos creíste en la lógica de lo ilógico. Asumiste ser el chico rubio y bello que salva a la protagonista de la película, cuando en realidad eras ese negro descamisado que matan casi al final para que el héroe tome fuerzas.

El daño ya está hecho. Puede que lo sepas, pero lo rechazas. Sigues esperando que regrese esa suerte inexistente, deseas estar equivocado, anhelas que de verdad exista. Quieres que vuelvan los buenos días. Y tal vez eso ocurra, o tal vez no: a estas alturas, lo único terrible y cierto es que no hay un orden al respecto.

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2 comentarios en “Anatomía de la suerte

  1. Tienes todo lo necesario para el viaje extravagante que es tu vida. Lo que cuenta es estar vivo. La vida en sì misma es suficiente y se explica sola, y es completa.
    No hay manera de fingir el triunfo o la derrota. Tu razon podrà querer que fracases por completo, para sì aniquilar la totalidad de tu ser. Pero hay una contramedida que no te permitirà declarar una falsa victoria o derrota. Si crees que puedes retirarte al refugio del fracaso, estàs loco. Tu cuerpo montarà guardia y no te dejarà ir a ningun de lo dos lados.

    Asì te contestarìa C.Castañeda, mas o menos.

    No hay necesidad de confundirse. La confusion es un sentimiento en lo que uno se mete, pero tambien uno puede salirse de el. Todo depende de quien encuentras 🙂

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