Tarjetas de navidad

– ¿Son hechas por niños con síndrome de Down?- preguntó la mujer.

Durante años trabajé como vendedor de tarjetas de navidad para Unicef. El negocio, que solo funcionaba en noviembre y diciembre, era bastante lucrativo. Yo era un adolescente para quien diez mil pesos diarios de pago eran una fortuna, así que cada año los de Unicef me daban un chaleco XXL con el logo de la organización, me ubicaban en un centro comercial y el resto se hacía solo.

Las tarjetas se vendían muy bien. Tenían diseños navideños, llenos de esa nieve que por acá no hay, y el mensaje Feliz Navidad en varios idiomas. Feliz Navidad, Merry Christmas, Feliz Natal, Buon Natale, Frohe Weihnachten, Joyeux Noël, メリークリスマス. Un popurrí internacional que se agotaba en cuestión de horas.

Había unas tarjetas que no se vendían bien. No eran tarjetas navideñas, sino para toda ocasión. En vez de muñecos de nieve y Santa Claus tenían diseños de Andy Warhol o Pablo Picasso. Los clientes se fijaban en ellas con desdén, sin entender para qué servían, como si una tarjeta de navidad sirviera para algo. Hasta que un día, para mi sorpresa, una mujer quiso saber algo sobre ellas y yo respondí lo que ella quería escuchar.

– Sí, señora, niños con síndrome de Down.

La mujer se llevó dos paquetes de tarjetas y por fin entendí cómo es que funciona el mercado.

Resulta que a la gente no le interesa nada que no tenga un valor sentimental. Nada. Comerán en McDonald’s si se enteran que la compañía donará unos centavos para ayudar a una fundación africana, aún cuando saben que la comida de ese lugar es un disparo al corazón.

– ¿Quién hace estas tarjetas, joven?- preguntó un viejo.

Es más sencillo ayudar comprando que ayudar haciendo. Las empresas lo saben y ponen a disposición de la gente una infinidad de productos ecológicos o artesanales, mucho más caros pero más fáciles de vender.

– Niños, niños sin brazos, señor- respondí.

El viejo tomó el paquete de tarjetas con pinturas de Jackson Pollock y prometió regresar por más.

– Imagino que estas tarjetas son especiales- concluyó la mujer.

Ni los clientes ni yo sabíamos si el dinero de las tarjetas iría a parar a manos de algún niño, si sería usado para pagarle a un trabajador de Unicef, o sí se perdería en los bolsillos de algún burócrata con el culo enquistado en una organización internacional.

-Lo son, señora: fueron hechas por niños ciegos- le aclaré.

Un día decidí no trabajar más como vendedor de tarjetas. Devolví el enorme chaleco y conseguí un trabajo temporal como vendedor de zapatos. Descubrí que soy un pésimo vendedor y que la gente jode más de lo que compra, pero lo pasé mejor. Una vez le dije a una señora que comprara dos pares de zapatos con el mismo diseño pero en tallas diferentes, porque su pie izquierdo era ligeramente más grande que el derecho. Se marchó furiosa, no sin antes decirle a la dueña del almacén que la había insultado. Ese mismo día renuncié: había perdido la única excusa que me permitía vender algo.

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4 comentarios en “Tarjetas de navidad

  1. Yo trabajé en lo mismo, pero para diferente organización. La lástima vende, decía nuestro director. Pero también vi la otra cara: quienes elaboraban estas pinturas, recibían una mensualidad para su manutención.

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