Anatomía de la esperanza

Casi siempre, al salir del trabajo a medianoche, veo sobre la carretera a un perro que agoniza. No es el mismo perro, claro, es otro cada tanto, de diferente tamaño y color. Unos tienen las tripas afuera y las contemplan impávidos, otros chillan como bebés y algunos menos guardan silencio. A veces simplemente están muertos.

Trabajo en una bodega de la carretera Circunvalar, en Barranquilla. Una zona llena de fábricas, tan contaminada y sucia que es el último lugar en el que llueve en la ciudad, y cuando eso pasa solo caen algunas gotas. Dentro hay una chimenea que bota humo las veinticuatro horas del día, un gas blanco que asciende rápido y se confunde pronto con las nubes.

Frente a la bodega hay una estación de gasolina a la que llegan prostitutas. Viven en Las Flores, un barrio difícil que queda cerca. A veces van con sus hijos y ellos ven cómo su madre se monta en la tractomula, la misma que atropella a los perros, y regresan más tarde por ellos.

No se ve muy bien, pero ahí está, echando humo.
No se ve muy bien, pero ahí está, echando humo.

Mi trabajo no tiene que ver con bodegas, humo o prostitutas. Yo escribo. Redacto y corrijo noticias para un diario de La Guajira. La mayoría de la información llega en bruto desde allá, acá se maquilla, se imprime y se transporta por la madrugada a los quince municipios de ese departamento. Tengo hora de entrada pero no de salida, pagan mal y el jefe es un idiota, es decir, es como cualquier otro trabajo.

Me gusta. No la paga, el lugar o el jefe: solo el trabajo. Redactar las noticias, volverlas coherentes y eliminar gazapos descomunales, como “el cadáver tenía dos días de muerto cuando fue hallado”, “el hombre fue hacecinado en Maicao”, o “el ladrón fue capturado en fragancia”. Hubo uno que recuerdo mucho: “Mocho es capturado robando a mano armada”, y fue tan brillante esa muestra de desprevenida genialidad que lo dejé tal cual y así salió en el diario.

Cuando escribo olvido a los perros, las putas, el humo, la paga, el horario y el jefe. También desaparecen mis problemas, se esfuman las caras, las decepciones, los errores, el dolor y las precariedades.

Sin embargo hoy, mientras escribía, recordé a los perros. Y los perros evocaron a las putas, y las putas al humo, la paga, el horario, el jefe, los problemas, las caras, las decepciones, los errores, el dolor y las precariedades. Todo junto.

Aún así, seguí escribiendo.

Al salir, casi a medianoche, vi a un perro herido. Tenía las tripas afuera y era evidente que moriría pronto. Por primera vez me acerqué a uno de ellos, lo alcé como pude y lo dejé a la orilla de la carretera, para que no pasara otro camión y lo rematara. El perro me miró en su agonía y cruzamos miradas, y pensé que él, al igual que el trabajo, el dolor y el resto de mi vida, estaban atados a mí de forma ineluctable.

Tal vez mañana no recuerde al perro. O sí, pero igual seguiré escribiendo. La diferencia es que ya no quiero estar ahí, lo comprendo y me gusta. A veces el dolor, propio o ajeno, es lo único que logra sacudirte de la monotonía, del real estado de cosas en que conviertes tu vida cuando actúas sin saber porqué, y entiendes que quizá afuera, en otro lugar o de otra manera, hay algo diferente, quizá hasta hermoso, que merece ser explorado y vivido.

También creo que adoptaré un perro.

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13 comentarios en “Anatomía de la esperanza

  1. Con este texto se me vino a la mente un cuento de Maupassant llamado “La señorita Cocotte”. Cada vez que leo algo como esto o como el cuento que acabo de referenciar, algo en mí se desgarra de una manera tan incontrolable que aún no entiendo y que a veces quisiera que no me sucediera. Guardo un gran respeto y amor a los animales, y siempre que me encuentro ante la escena que describes aquí (de ver un perro abandonado, agonizando, o una cría de gatos en un basurero o tirados en una caja) es como si nada tuviera sentido, como si la vida se redujera a ese instante, y todo, absolutamente todo dejara de tener valor. En la literatura (pienso) no simplemente se trata de plasmar este tipo de eventos como sucesos aislados, o como un tema el cual funcionaría muy bien a la hora de tratarlo literariamente, sino enfrentarse a la escabrosa realidad de todos los eventos que como ese a diario nos encontramos, sin contar esos de los que no somos testigos. Como con todo, no?
    Recuerdo que el cuento de Maupassant no lo pude terminar, tuve que calmarme y luego si retomarlo porque aunque en algún momento me sentí agredida como lectora, es un muy buen cuento.
    Por otro lado, me gustó encontrar una ráfaga de sensibilidad en tu texto. A mí la sensibilidad algunas veces se me convierte en un gran peso, en una causa para morir todos los días. Y otras veces pues… no me queda más que disfrutarla.

    Un abrazo.

  2. Con todo y mi riñón enfermo leer esto se me hizo un tremedo postre de almuerzo. Gracias Fabián por escribir de manera realista y deliciosa, y por permitirnos leerte.

  3. De alguna manera, viví lo mismo pero con un gato casero, extraviado que cruzó los cinco carriles de la NQS mientras esperaba el bus en una estación de Transmilenio. El peludo me miró, como si yo fuera su salvador, pero no pude evitar, tras la barrera de vidrio, que un imbécil lo atropellara con su carro. Después, con la ayuda de dos chúcaros, abrimos la puerta y detuvimos el tráfico para que no lo remataran, pero estaba destrozado, convulsionado. Lo dejamos en el separador sin otra opción. En ese entonces, pensé que si algo así le pasaba a mi gato, me moriría. Un año largo después, se me murió y aquí sigo solo, respirando ese mismo gas blanco.

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