Anatomía de la memoria

Mi abuela Rafaela Urruchurto murió en 1993, cuando yo tenía siete años de edad. De ella conservo pocos recuerdos, todos revestidos con la niebla del tiempo. El más vivo de ellos es del 12 de agosto de 1992, cuando la vi llorar desconsolada luego de enterarse del asesinato de Rafael Orozco.

Dice mamá que a la abuela le gustaba la vitalidad de aquel músico, que se sabía varias canciones de memoria y que las cantaba cuando cocinaba o hacía el aseo en casa, y por eso le afectó su partida. Para mí, tan pequeño entonces, la muerte, sus rituales y sus significados me eran irrelevantes. Un niño solo se percata de la muerte cuando la ausencia de alguien comienza a hacer estragos con el paso de los días.

Por eso no entendí por qué lloraba la abuela mientras veía la tele. Ni siquiera fui capaz de comprender el llanto de mamá cuando ella murió poco después. Supe que había muerto -o mejor, lo constaté empíricamente- porque algunos cabellos suyos quedaron por fuera del ataúd. Eran del color de la ceniza, gruesos, duros y rebeldes. No había forma de meterlos, así que los contemplé un largo rato y luego me fui a jugar con los niños de las madres que habían venido a dar el pésame.

A veces mamá me pregunta si recuerdo a la abuela. Le digo que sí, pero poco, porque se fue cuando mi vida apenas empezaba. Mamá asiente con la cabeza. Entiendo que mi respuesta le parece sensata, pero en el fondo espera que le diga cosas, que le evoque situaciones del pasado. En ocasiones le cuento que recuerdo su llanto por Rafael Orozco. Jamás le he dicho el asunto del cabello por fuera del ataúd.

Hace algunos días iba en un bus y escuché una canción de Rafael Orozco: “no tengo más que hacer sino apartarme de tu lado”, decía. Evoqué a la abuela sentaba en una mecedora de paja, bajo el árbol de naranja, echándole maíz a los pollos. Ese es, sin duda, un recuerdo falso, uno de los tantos engaños que nos hacemos a nosotros mismos, fragmentos de imágenes que deambulan en nuestra mente hasta que un día, activadas por algún suceso, se organizan y se asemejan a las verdaderas.

Pero los recuerdos que creemos verdaderos tampoco lo son tanto. No hay manera de guardarlos como si se tratase de una foto. Aún así los asumimos como ciertos y vivimos la vida con ellos encima. Hasta creemos que forjan un destino.

Da igual: mamá se pondrá contenta cuando llame a decirle que recordé a la abuela.

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3 comentarios en “Anatomía de la memoria

  1. Me hiciste recodar una película, de alguien que edita la memoria de los muertos para mostrarla en video en su funeral y siempre los allegados se acercan al final para preguntarle cosas como: “¿cambiaste el color del bote? Yo recuerdo que era azul, no rojo”… Besos, querido.

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