La muerte de papá

Cuento publicado en El Malpensante, edición 144

A casa llegó una carta que informaba de la muerte de papá.

– No se trata de él-, respondió mamá apenas le conté.

Era una carta fechada dos días antes, proveniente de Medicina Legal, que explicaba el hallazgo y posterior identificación de alguien con el mismo nombre de papá, fallecido el 11 de febrero de 1955 en Bogotá. Su cadáver, que nunca había sido reclamado, terminó sepultado como N.N. Hasta hacía poco, gracias a nuevas técnicas forenses, habían logrado saber quién era, y ahora lo sacaban del olvido y contactaban a los familiares que aún vivían.

“Sírvase reclamarlo en la capital del país, o iniciar el trámite en las instalaciones de Medicina Legal de su población”, finalizaba la misiva.

Papá había muerto el 11 de febrero del año pasado, no en Bogotá sino en Barranquilla. Un día sintió un dolor en el pecho, lo llevamos a la clínica y doce horas después lo vimos desde lejos, acostado, con un tubo en la boca, atendido por médicos y enfermeras. Había sido operado de urgencia a corazón abierto. “No se preocupen, se encuentra estable”, dijo el médico de turno. Mamá y yo, que aguardábamos en la sala de espera, cometimos el error de confundir estabilidad con control.

Papá mejoró. La primera semana solo pudimos verlo un par de horas al día, una por la mañana y otra por la tarde. “¿Qué hora es?”, preguntaba cada vez que nos veía.

– ¿De la mañana o de la tarde?

– De la tarde, papá.

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A veces simplemente dormía. Yo aprovechaba para ver las costuras de su pecho, hechas con grapas metálicas. También tenía un tubo en el estómago para drenar fluidos y una jeringa clavada en el antebrazo izquierdo. Una máquina enorme, al lado de su cama, le tomaba el pulso cada diez minutos; la enfermera pasaba cada veinte. “¿Todo bien?”, preguntaba. Sí, todo bien.

Después lo pasaron a una habitación más grande, ya sin tubos ni dextrosa conectada a su cuerpo. Tenía que estar acompañado todo el tiempo según orden médica, así que mamá y yo nos turnamos. Ella llegaba por la mañana y se iba por la noche, mientras yo me quedaba a dormir.

Le vimos un mejor semblante con el paso de los días. Hablaba más, con coherencia, y se desesperaba por ir a casa. “Ya estoy bien -decía sonriente- no tengo que seguir acá”.

Al decimoquinto día de estar en la habitación, murió. Me enteré por la noche, cuando llegué a quedarme a dormir. Mamá estaba sentada al borde de la cama vacía. Al verme se levantó, miró la cama por un instante y me abrazó.

Al parecer, una infección dérmica no advertida por los médicos se complicó tanto que comprometió el corazón y los pulmones. Dejó de respirar de repente y lo llevaron a cuidados intensivos. Falleció al mediodía.

Mamá halló refugio en las estrellas. Apenas terminó la velación y el sepelio de papá, buscó una vieja caja que estaba en el garaje y sacó un telescopio, un Celestron PowerSeeker de 127 milímetros de apertura y 1000 de distancia focal, que captaba con nitidez los cráteres de la Luna, varios planetas y constelaciones.

Papá compró aquel telescopio recién nos mudamos a casa, hace más de diez años. Quiso darle uso a una pequeña y solitaria habitación edificada sobre el techo, como lugar de contemplación para alejarse de los pequeños agotamientos cotidianos. Pronto desistió de la empresa por su incapacidad para leer los mapas estelares y encontrar en el firmamento los puntos exactos del universo que quería observar. El aparato cayó en desuso y el cuarto funcionó más como sala de estudio auxiliar.

Mamá, que jamás lo había usado, demostró tener habilidades innatas para la astronomía amateur. En menos de un mes aprendió a ubicar estrellas y constelaciones en el espacio, a perseguir cometas e identificar los cráteres de la Luna. Estaba limpiando el telescopio cuando le comuniqué lo que decía la carta.

La leyó varias veces tratando de comprender, pensando que yo había interpretado mal el mensaje. Pero la carta era inequívoca y debíamos reclamar un cuerpo que no era nuestro.

Mamá no asistió al entierro de papá. Su muerte la afectó tanto que no salió de la habitación. Se quedó tumbada en la cama durante diez días con las cortinas cerradas. Entre la lidia que significaba para mí correr con los preparativos funerarios, atender a la familia y recibir condolencias, le preparaba comida y la dejaba al pie de la puerta; ella se alimentaba poco, pero cada tanto agarraba algunas frutas y agua. Después, cuando todos se fueron, buscó el telescopio y se aferró a él con tanta intensidad que por las noches me sentía solo en casa.

– No te preocupes, mamá, yo soluciono ese error-, le dije para tranquilizarla.

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Odilon Redon – Virgen con un halo

Llamé por teléfono a Medicina Legal. Hablé con la secretaria, luego con su jefe inmediato y después con el encargado regional de la institución. A cada uno le expliqué mi situación con paciencia, sabiendo que era algo atípico y que seguramente ninguno de ellos podía solucionarlo. En efecto, poco después transfirieron mi llamada a Bogotá. Hablé con el subdirector de investigación científica y con el subdirector de servicios forenses; cada uno, a su manera, me dio a entender que debía acercarme a la sede de mi ciudad para radicar por escrito la queja.

Al día siguiente fui a las oficinas de la institución en Barranquilla. Esperé cuarenta minutos hasta ser atendido por el jefe regional, con quien había hablado el día antes. En principio me dijo que quizá el difunto que se me atribuía era un familiar lejano. Le repliqué que no tenía parientes en Bogotá, y que la única persona con ese nombre era mi padre, quien había muerto el año pasado. Finalmente, sugirió que tal vez era un error de los ingenieros que desarrollaron la base de datos.

– Me pondré en contacto con ellos en breve y después lo llamaré-, dijo.

El subdirector no se comunicó con nosotros y olvidamos el asunto.

Meses después, al llegar a casa, encontré a mamá sentada en el sillón. En sus manos tenía una caja negra de madera. Al verme rompió en llanto.

La caja contenía los restos del difunto bogotano de los años cincuenta, llegados a vuelta de correo con una carta de Medicina Legal. “Dado que usted vive fuera de la capital, hemos dispuesto de toda nuestra infraestructura para facilitar la entrega de los restos de su ser querido”.

Esa noche mamá no salió a mirar las estrellas. Se encerró en su cuarto y temí que esta vez muriera. Como antes, dejé comida al pie de la puerta. Fui a devolver las cenizas a Medicina Legal, pero allí me dijeron que, una vez entregados, los restos no podían regresar, porque el proceso confirmaba la identificación del difunto y sus familiares. “Si no quiere disponer de ellos, échelos al río”, sugirió la secretaria.

Al regresar a casa noté que mamá había salido. Su habitación estaba vacía y ordenada, como si nunca hubiera estado allí. Le pregunté a los vecinos si la habían visto, pero ninguno me dio razón. Llamé a mis tíos, a mis hermanos, al club de astrónomos aficionados. Nada. La esperé durante la tarde, la noche y la madrugada, pensando que tal vez estaba donde algún familiar.

Ya en la mañana caminé por el barrio. Fui a casa de sus amigas, a la iglesia, al parque, al observatorio. Cuando se cumplieron cuarenta y ocho horas de su desaparición puse el denuncio en la policía.

Durante la noche esperaba la llegada de mamá en su habitación estelar. Hojeaba los libros de astronomía, los mapas del cielo que había pegado en las paredes, el globo terráqueo sobre la mesita, la foto de la Luna con sus fases. A veces observaba por el telescopio, pero cada estrella que veía se me hacía igual a la anterior, carente de significado.

Así estuve más de una semana.

El 9 de febrero, dos días antes del primer aniversario de la muerte de papá, mamá regresó a casa. Subió al pequeño observatorio y tocó mi hombro para despertarme. La vi más delgada y canosa, y su mirada era la misma que tenía antes de que papá muriera.

– Vamos a tomar café-, dijo.

Mamá pensó en su propia muerte durante los días que estuvo encerrada en su habitación. Rememoró la forma en que se desentendió del sepelio de papá y la impresión que se llevó con la aparición de las cenizas de un homónimo desconocido que se volvió familiar. Me explicó que no quería cargar más muertos ni parecer débil ante ellos, que lo mejor era cerrar la historia. Empacó algunas cosas y se fue a Bogotá.

En la capital, tras revisar documentos legales y archivos irrelevantes, constató que al mediodía del 11 de febrero de 1955, en el centro de Bogotá, en plena vía pública y ante la presencia de decenas de personas, Carlos Alberto Pachón se quitó la vida clavándose un cuchillo en el corazón. Se trataba de un hombre joven, de no más de treinta años, delgado y sin trabajo estable. Los que lo vieron herirse dijeron que intentó clavarse el arma por segunda vez, pero el primer ataque había sido tan efectivo que dio tumbos en la acera hasta caer en medio de la calle.

Un policía que vio lo sucedido corrió a auxiliarlo. Al notar que seguía con vida, lo subió a un taxi con la intención de trasladarlo a la Clínica del Juzgado Permanente del Norte, a donde llegó sin signos vitales.

Como nadie se acercó a reclamar el cuerpo, la clínica asumió que el joven no tenía familiares y lo sepultó por su cuenta. El tiempo terminó quitándole su identidad hasta un par de años atrás, cuando Medicina Legal le devolvió su nombre.

El 11 de febrero, cuando los dos Carlos Alberto Pachón cumplían años de muertos, mamá y yo nos ocupamos de los restos del difunto. Ella decidió arrojar sus cenizas al mar, pensando que seguramente el Pachón de Bogotá no lo conoció en vida. Fuimos a Puerto Colombia y allí, desde la punta del muelle abandonado, se lo entregamos a las olas.

Al llegar a casa, mamá fue a su pequeño observatorio. Yo me senté en el sofá a ver televisión. Poco después me llamó.

– ¿Quieres aprender?-, preguntó.

Acepté. Me senté en un pequeño banco a su lado mientras ella buscaba un punto en el cielo para iniciar mis clases. Al mirarla desde esa posición, me pareció que mamá ya no estaba tan vieja.

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4 comentarios en “La muerte de papá

  1. Su cuento “La muerte de papá” me hizo pensar en la muerte del mío, que gracias a que la E.P.S. y el hospital le negaron la U.C.I. murió antes de completar 24 horas de haber ingresado en el hospital, ahora nunca sabremos si viviría más o no. Mi mamá también tuvo que verlo morir sola en un hospital donde nadie quería atenderlo, yo ni siquiera pude estar en su entierro. En fin, su cuento me hizo pensar en todo eso. Me gusta como escribe.

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