Nuestras repeticiones de Georges Méliès

Fragmento.

Tenía que pasar otra cosa para que Daniela se fuera. Nuestra relación sobrevivió a la desaparición de Barsoom (una pena, le había cogido cariño a toda esa gente rara) y mi memorial de agravios contra ella se amplió, cierto, pero entre más extenso se hacía menos importancia le daba. Daniela es como es. Punto.

Cuatro años duró nuestra vida en común. Lo repito, lo de nosotros fue fugaz no tanto por el tiempo sino por nuestra manera intensa de repetir los días felices: libros y cine, libros y cine, libros y cine adornados por un amor que crecía como un roble en la superficie, echando raíces de una manera tan silenciosa y pausada que ninguna de las dos lo advirtió. Fueron cuatro años que bien pudieron ser cuatro meses, cuatro días o cuatro segundos.

La última premonición del fin llegó con la tesis de grado. Yo apliqué unas encuestas sobre salud mental en estudiantes de derecho tributario y antes de terminar décimo semestre la tenía lista, pero a Daniela le gusta expandirse: se le ocurrió una vaina compleja que la exigió hasta sofocarse, tanto trabajo la dejó flaca y ojerosa y su pelo perdió brillo. Ardió por dentro y su ímpetu se consumió hasta hacerse cenizas.

Me gradué en marzo según lo previsto. Recibí el diploma por ventanilla porque Daniela no se graduó conmigo, su tesis seguía incompleta. Le dije que no tenía sentido ir a una ceremonia tan aburrida sin una acompañante que mirara mi vestido cada cinco minutos. Sonrió, y creo que fue la última vez que sonrió para mí.

Ese día me dijo adiós.

– Susicariño, me voy a encerrar para terminar la tesis.

Habíamos terminado de leer El armenio y el armenio, de Saroyan, acostadas en su cama. Se levantó antes de tiempo, y digo antes de tiempo porque Daniela y yo teníamos tal sincronicidad que sabíamos cuándo debíamos hacer cada cosa, no antes, no después. Pero en esa ocasión no hubo sincronicidad y Daniela, como dije, se levantó antes de tiempo, recogió la ropa que tenía dispersa por la habitación, se vistió y se sentó en su escritorio.

– La tesis, Susicariño, o no me voy a graduar nunca.

Poco antes de irse, cuando aún creía que ella alcanzaría a graduarse conmigo, le regalé dos peces dorados. Los vi en el mostrador de una tienda de mascotas, con sus negros y gelatinosos ojos a los costados, las aletitas que no cesan de moverse y una cola larga que parece hecha de papel cebolla. Me gustan porque es como tener a tu pelo vivo nadando en una esfera de vidrio, le dije, y Daniela sonrió de una forma en que, ahora que lo pienso, era desconocida para mí.

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