Anatomía de la tierra

En 1920, recién cumplidos treinta años, Howard Phillips Lovecraft escribió una carta en la que detallaba su infancia. Escribió sobre sus trenes de juguete, su fascinación por las marionetas, y, en especial, sobre su obsesión por crear pequeñas ciudades en el jardín de su casa. El joven Lovecraft trazaba planos con calles, avenidas, barrios residenciales y zonas comerciales. Ubicaba a la iglesia en el centro y a sus fieles en barrios cercanos, mientras que a los ladrones los hacía vivir en los suburbios. Durante horas, Lovecraft cavaba con sus manos para hacer los ríos y los canales que distribuían el agua por toda la ciudad.

Un día, quizá mientras contemplaba sus manos untadas de barro, se dio cuenta de que estaba muy mayor para divertirse de esa forma. “Y desde entonces –escribió- no he vuelto a cavar la tierra, ni a trazar senderos o caminos; para mí, esas operaciones están asociadas a demasiadas añoranzas, porque no podemos recuperar jamás la alegría fugitiva de la infancia”.

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Raúl Gómez Jattin dedicó su primer poema a Martha (Isabel en el poema), la hija de un terrateniente del Valle del Sinú, a quien amaba desde los cinco años. El poema evoca la nostalgia del niño Raúl, quien recuerda cuando jugaba a las muñecas y a la rayuela con Isabel. Después, ya adultos, Raúl escribe el desengaño que significó ver a su amor con anteojos, casada con el alcalde del pueblo y criando cinco hijos, mientras él, loco como era, seguía jugando con tierra: “haciendo y deshaciendo figuras en la piel de la tierra”.

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H. P. Lovecraft, adulto.
H. P. Lovecraft, adulto.

El Diccionario de los símbolos (Chevalier & Gheerbrant, 1986), define la tierra como un elemento de fecundidad y regeneración. Es una mujer, la Gran Madre que otorga la vida y luego la arrebata. En algunas tribus africanas, las mujeres embarazadas comen tierra para asegurar que el bebé nazca sano. Los aztecas creían que la tierra nutre, pero luego reclama lo que ha dado, lo mata y se alimenta del cadáver.

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Vivir es jugar con tierra y morir es estar bajo ella. Los niños como Lovecraft o Jattin hacen y deshacen la tierra, mientras que de adultos, cansados y marchitos, sueñan con volver a ella. Lovecraft murió por un cáncer en los intestinos, a los 46 años, mientras que a Gómez Jattin lo atropelló un bus –quizá él se arrojó- cuando tenía 51.

Lovecraft también escribió alguna vez que ser adulto es el infierno.

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Anatomía de la memoria

Mi abuela Rafaela Urruchurto murió en 1993, cuando yo tenía siete años de edad. De ella conservo pocos recuerdos, todos revestidos con la niebla del tiempo. El más vivo de ellos es del 12 de agosto de 1992, cuando la vi llorar desconsolada luego de enterarse del asesinato de Rafael Orozco.

Dice mamá que a la abuela le gustaba la vitalidad de aquel músico, que se sabía varias canciones de memoria y que las cantaba cuando cocinaba o hacía el aseo en casa, y por eso le afectó su partida. Para mí, tan pequeño entonces, la muerte, sus rituales y sus significados me eran irrelevantes. Un niño solo se percata de la muerte cuando la ausencia de alguien comienza a hacer estragos con el paso de los días.

Por eso no entendí por qué lloraba la abuela mientras veía la tele. Ni siquiera fui capaz de comprender el llanto de mamá cuando ella murió poco después. Supe que había muerto -o mejor, lo constaté empíricamente- porque algunos cabellos suyos quedaron por fuera del ataúd. Eran del color de la ceniza, gruesos, duros y rebeldes. No había forma de meterlos, así que los contemplé un largo rato y luego me fui a jugar con los niños de las madres que habían venido a dar el pésame.

A veces mamá me pregunta si recuerdo a la abuela. Le digo que sí, pero poco, porque se fue cuando mi vida apenas empezaba. Mamá asiente con la cabeza. Entiendo que mi respuesta le parece sensata, pero en el fondo espera que le diga cosas, que le evoque situaciones del pasado. En ocasiones le cuento que recuerdo su llanto por Rafael Orozco. Jamás le he dicho el asunto del cabello por fuera del ataúd.

Hace algunos días iba en un bus y escuché una canción de Rafael Orozco: “no tengo más que hacer sino apartarme de tu lado”, decía. Evoqué a la abuela sentaba en una mecedora de paja, bajo el árbol de naranja, echándole maíz a los pollos. Ese es, sin duda, un recuerdo falso, uno de los tantos engaños que nos hacemos a nosotros mismos, fragmentos de imágenes que deambulan en nuestra mente hasta que un día, activadas por algún suceso, se organizan y se asemejan a las verdaderas.

Pero los recuerdos que creemos verdaderos tampoco lo son tanto. No hay manera de guardarlos como si se tratase de una foto. Aún así los asumimos como ciertos y vivimos la vida con ellos encima. Hasta creemos que forjan un destino.

Da igual: mamá se pondrá contenta cuando llame a decirle que recordé a la abuela.

Anatomía de la esperanza

Casi siempre, al salir del trabajo a medianoche, veo sobre la carretera a un perro que agoniza. No es el mismo perro, claro, es otro cada tanto, de diferente tamaño y color. Unos tienen las tripas afuera y las contemplan impávidos, otros chillan como bebés y algunos menos guardan silencio. A veces simplemente están muertos.

Trabajo en una bodega de la carretera Circunvalar, en Barranquilla. Una zona llena de fábricas, tan contaminada y sucia que es el último lugar en el que llueve en la ciudad, y cuando eso pasa solo caen algunas gotas. Dentro hay una chimenea que bota humo las veinticuatro horas del día, un gas blanco que asciende rápido y se confunde pronto con las nubes.

Frente a la bodega hay una estación de gasolina a la que llegan prostitutas. Viven en Las Flores, un barrio difícil que queda cerca. A veces van con sus hijos y ellos ven cómo su madre se monta en la tractomula, la misma que atropella a los perros, y regresan más tarde por ellos.

No se ve muy bien, pero ahí está, echando humo.
No se ve muy bien, pero ahí está, echando humo.

Mi trabajo no tiene que ver con bodegas, humo o prostitutas. Yo escribo. Redacto y corrijo noticias para un diario de La Guajira. La mayoría de la información llega en bruto desde allá, acá se maquilla, se imprime y se transporta por la madrugada a los quince municipios de ese departamento. Tengo hora de entrada pero no de salida, pagan mal y el jefe es un idiota, es decir, es como cualquier otro trabajo.

Me gusta. No la paga, el lugar o el jefe: solo el trabajo. Redactar las noticias, volverlas coherentes y eliminar gazapos descomunales, como “el cadáver tenía dos días de muerto cuando fue hallado”, “el hombre fue hacecinado en Maicao”, o “el ladrón fue capturado en fragancia”. Hubo uno que recuerdo mucho: “Mocho es capturado robando a mano armada”, y fue tan brillante esa muestra de desprevenida genialidad que lo dejé tal cual y así salió en el diario.

Cuando escribo olvido a los perros, las putas, el humo, la paga, el horario y el jefe. También desaparecen mis problemas, se esfuman las caras, las decepciones, los errores, el dolor y las precariedades.

Sin embargo hoy, mientras escribía, recordé a los perros. Y los perros evocaron a las putas, y las putas al humo, la paga, el horario, el jefe, los problemas, las caras, las decepciones, los errores, el dolor y las precariedades. Todo junto.

Aún así, seguí escribiendo.

Al salir, casi a medianoche, vi a un perro herido. Tenía las tripas afuera y era evidente que moriría pronto. Por primera vez me acerqué a uno de ellos, lo alcé como pude y lo dejé a la orilla de la carretera, para que no pasara otro camión y lo rematara. El perro me miró en su agonía y cruzamos miradas, y pensé que él, al igual que el trabajo, el dolor y el resto de mi vida, estaban atados a mí de forma ineluctable.

Tal vez mañana no recuerde al perro. O sí, pero igual seguiré escribiendo. La diferencia es que ya no quiero estar ahí, lo comprendo y me gusta. A veces el dolor, propio o ajeno, es lo único que logra sacudirte de la monotonía, del real estado de cosas en que conviertes tu vida cuando actúas sin saber porqué, y entiendes que quizá afuera, en otro lugar o de otra manera, hay algo diferente, quizá hasta hermoso, que merece ser explorado y vivido.

También creo que adoptaré un perro.

Anatomía de la suerte

Hace años, cuando yo era un niño, mi familia y yo lo pasábamos difícil. Cuando no había dinero para comprar algo de comer, mamá me decía: flaco, ve a caminar a ver qué encuentras por ahí. Y yo iba. Cada vez que le daba la vuelta a la manzana regresaba a casa con un billete de diez mil, de veinte mil o de cincuenta mil. Los encontraba en la calle, allí, tirados en el piso como si hubiesen estado esperándome. La primera ocasión en que eso ocurrió fue sorprendente, la segunda bastante extraño, y de la tercera en adelante fue aterradoramente sospechoso. Era tanta la suerte que no quería que mamá pensara que yo robaba ese dinero. Se lo dije. Sonrió y dijo tranquilo, flaco, yo te creo, en el mundo hay gente con suerte.

Mamá también decía que no debía abusar de mi buena estrella: si te excedes, la racha que tienes se irá para siempre. De las tres veces que me dio dinero para apuntar el chance, salí favorecido en dos ocasiones. Con esa plata hacíamos un enorme mercado que duraba dos meses. Gané decenas de rifas, saqué la balota blanca en ese ridículo sorteo que hacen los militares para que algunos bachilleres sean eximidos de ir al ejército, y me gané una beca para estudiar en una universidad privada. Azar o mérito, lo cierto es que me sentí afortunado.

Cuando tienes suerte empiezas a creer, inevitablemente, que el mundo gira a tu alrededor, que tu existencia tiene un propósito que se te revela con cada decisión que tomas, por más loca que ésta sea. Consideras que de las siete mil millones de personas que tiene el mundo, seis mil novecientas noventa y nueve trabajan directa o indirectamente para ti. Te crees único y especial porque hay centenares de motivos que lo confirman. El futuro parece nítido, lleno de éxito y gloria. Eres fuerte, no te falta dinero, y tienes a tu lado a la chica que amas.

Un día, años después, toda tu suerte desaparece. Primero es la salud: empiezas a enfermarte; un dolor de muelas, luego te intoxicas, te haces flaco como un cadáver, te llenas de canas y te da tétano. Después se va el dinero: no puedes ir al médico porque también perdiste el trabajo, y la poca plata que obtienes prefieres gastarla en comida. Finalmente, el amor: no estás saludable porque inviertes toda tu energía pensando en la chica que amas, pero que ahora perdiste.

Te preguntas por qué. Algo hice mal, dices. Recuerdas las palabras de tu madre y llegas a la conclusión de que abusaste de tu fortuna y por eso se marchó. Empiezas, sin saberlo, a comportarte como un idiota, a tratar a la suerte como un ente animado que piensa y siente, a hacer chances a diario para que vuelva, a comprar rifas que no ganas, a participar en concursos que otros se llevan. Por intentar recuperar lo perdido, olvidas lo poco que aún te queda.

Ahora no tienes nada. En la cumbre de tu desgracia te das cuenta de que regresaste al inicio. No hay salud, no hay dinero y no hay amor. Pero en esta oportunidad hay una esperanza: ya sabes que no hay un orden cósmico o metafísico que guía tu destino. El azar no tiene propósito. El azar es simplemente azar, y por una poco probable pero posible suma de eventos creíste en la lógica de lo ilógico. Asumiste ser el chico rubio y bello que salva a la protagonista de la película, cuando en realidad eras ese negro descamisado que matan casi al final para que el héroe tome fuerzas.

El daño ya está hecho. Puede que lo sepas, pero lo rechazas. Sigues esperando que regrese esa suerte inexistente, deseas estar equivocado, anhelas que de verdad exista. Quieres que vuelvan los buenos días. Y tal vez eso ocurra, o tal vez no: a estas alturas, lo único terrible y cierto es que no hay un orden al respecto.

Anatomía de la decepción

Anatomía de la decepción

Sentirse decepcionado se asemeja a un final, a la conclusión que tiene aquello por lo que se apostó y se perdió. Una conclusión es la consecuencia de un proceso de reflexión que exige tiempo y espacio en cantidades variables. En términos facilistas, podría decirse que la reflexión está atada al pasado y la conclusión al presente. Se da por obvio que cuando se concluye algo se está mejor preparado para afrontar el futuro. Lo cierto es que toda conclusión llega tarde. Seguir leyendo “Anatomía de la decepción”

Anatomía del problema

Un problema puede ser abordado de tres formas. La primera -y la más frecuente- consiste en huir. Sales disparado, te alejas, disocias, ignoras. Escapas del problema evadiéndolo, como los niños que cierran los ojos cuando les pasa algo malo. Sin embargo, ninguna huida es sostenible a largo plazo: el problema regresa a ti, recargado y dispuesto a acabar con tus energías. No es una solución efectiva.

Lo segundo que puedes hacer ante un problema es enfrentarlo, ponerle el pecho, cogerlo por los cachos, luchar. Ahora bien, la confrontación no garantiza que te lleves la victoria. Es más, enfrentarlo es doloroso. La gente prefiere evitar el problema para no tener que aceptar por añadidura un dolor que no desea. Esta opción tampoco soluciona nada, simplemente te permite absorber el problema hasta convertirlo en una herida amorfa que se disipa con el tiempo. Cambias el problema por el dolor, lo cual es estúpido y poco adaptativo.

Hay una tercera vía para abordar un problema. Un procedimiento total, la técnica que usan aquellos que se ufanan de ser inteligentes: repensar. Moldear el problema, descentrarlo, darle otra perspectiva. Tal mecanismo lo desfigura hasta hacerlo diferente, ajeno a lo que era en inicio y, por tanto, despojado de su aura de dificultad. El problema es convertido en una situación cualquiera, positiva inclusive, con tal de ser resuelto. Esta última opción es la más ardua e inútil de las tres, ya que implica la anulación del problema original. Un problema que no es un problema, una huida innecesaria, un enfrentamiento ajeno.

Es imposible solucionar un problema. Cualquier intento al respecto constituye una forma de evitación, postergación o negación. El origen de nuestro malestar hacia los problemas estriba en que asumimos que deben ser resueltos, lo cual es falso. Los problemas existen para convivir con ellos, para que te angustien, te sobrepasen, para que el conflicto prolongue tu vida, para que respires aliviado cuando creas -en tu inmensa ingenuidad- que los has solucionado. Lo cierto es que jamás podrás eliminarlos y está bien, porque no son parásitos que acaban contigo. La simbiosis que existe entre tú y ellos hace que sobrevivas a este mundo sin hacerte tantas preguntas. Porque las preguntas -esas sí- son el único y verdadero problema que tendrás en tu vida. Todos los demás serán siempre secundarios.